Antonio Susillo (1857-1896) tuvo un sino trágico, completándolo con algo imprescindible en cualquier drama romántico: el suicidio. Fue uno de los escultores más famosos de la España de la segunda mitad del siglo XIX y en su desdichado final no faltó ningún elemento desgarrador: se dio muerte un 22 de diciembre, tras haber terminado un Crucifijo, conocido en Sevilla como el Cristo de las Mieles, porque las abejas hicieron un panal en su boca, destinado al cementerio; fue enterrado a los pies de su propia escultura el día de Nochebuena.
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