La Puerta de Jerez constituye uno de los más bellos ensanches del casco histórico de Sevilla. Cuatro arterias principales de la ciudad desembocan en ella: la calle San Fernando y las Avenidas de la Constitución, Roma y Sanjurjo. La rotonda está centrada por la Fuente “de los Meones”, pariente lejana de la Cibeles madrileña, la figura alegórica de Sevilla, así como las once figuras de niños jugando sobre tortugas, pertenecen al quehacer del escultor Manuel Delgado Brackembury en 1929.
A ambos lados de la Capilla de Santa María de Jesús se encuentran el Palacio de Yanduri, magníficamente rehabilitado para convertirse en sede principal del Banco de Santander en Sevilla, en esta suntuosa mansión nació el 26 de abril de 1898 el insigne pacta Vicente Aleixandre, premio Nobel de Literatura en 1977, y la Casa del Conde de Aguiar, de estilo neobarroco, con su extensa fachada de ladrillo en limpio y su reloj de sol en el ático; fue levantada en 1891 por los arquitectos José Espiau de la Coba y José Gómez Otero.
Uno de los monumentos sevillanos que ha experimentado mayores fluctuaciones en su funcionalidad es el Palacio de San Telmo. De ser Universidad de Mareantes fundada en 1682, pasó a convertirse en Colegio de Enseñanza náutica en 1788. Con posterioridad, en 1849, fijaron en él su residencia los Duques de Montpensier, quienes lo donaron al Arzobispado sevillano, transformándose en Seminario Diocesano en 1901. Por último, su cesión a la Junta de Andalucía marca el comienzo del que parece ser su destino definitivo: sede de la Presidencia de la Comunidad Autónoma.
Doce personajes vinculados a la Historia de Sevilla nos saludan desde la fachada del Palacio que da a la calle Palos de la Frontera. En 1895, Antonio Susillo representó en estas esculturas pétreas a Fray Bartolomé de las Casas, Per Afán de Ribera, Murillo, Arias Montano, Daoiz, Fernando de Herrera, Ortiz de Zúñiga, Lope de Rueda’ Miguel de Mañara, Velázquez, Ponce de León y Martínez Montañés.
La portada principal, en la Avenida de Roma, es una de las obras más significativas del Barroco andaluz. Leonardo de Figueroa y su hijo Matías emprendieron su traza y construcción desde 1724 a 1734. El despliegue ornamental es realmente fastuoso, constando que bajo la dirección de Pedro Duque Cornejo realizaron sus estatuas y relieves. Frente a esta fachada se extienden los Jardines de Cristina, cuyos parterres se desarrollan hasta el fluvial Pasto de las Delicias.
La fachada principal del Hotel Alfonso XIII se abre a la calle San Fernando. Sin duda, se trata de unos de los establecimientos hoteleros más emblemáticos de todo el mundo. Fue construido por José Espiau y Muñoz entre 1916 y 1928 en ese estilo regionalista que hizo furor en torno a los años de la Exposición Iberoamericana de 1929. El Hotel Alfonso XIII es propiedad del Ayuntamiento de Sevilla.
En estamisma calle San Fernando, que corre paralela a la muralla de los RealesAlcázares, se alza la majestuosa mole de la antigua Fabrica de Tabacos,actual edificio central de la Universidad hispalense. Es la construcciónindustrial de mayores dimensiones que se levantó en la Europa delsiglo XVIII. Lascigarreras que antaño trabajaron en el interior de sus naves, hanquedado inmortalizadas en célebres lienzos como el de Gonzalo Bilbao,y en no menos famosas óperas como la “Carmen” de Bizet. Alrededorde la Universidad corre un foso, jalonado por varias garitas, que en sudía tuvo carácter defensivo.
La calle San Fernando,cuyas aceras se animan con la presencia de universitarios que recalan enlibrerías y bares cercanos, desemboca en la glorieta del Cid. Estaes una de las zonas que sufrió un mayor impacto urbanísticoa raíz de la Exposición Iberoamericana de 1929, pues constituíauna de las entradas naturales al recinto. En el eje del ensanche se alineanla escultura ecuestre del Cid Campeador y la Fuente de las Cuatro Estaciones.
En la glorietade San Diego nos encontraremos con el Casino de la Exposición yel Teatro Municipal Lope de Vega. Ambas edificaciones configuraron el Pabellónde Sevilla en la aludida Exposición del 29. El estilo neobarrocotriunfa en esta obra maestra de Vicente Traver y Tomás, emprendidaentre 1925 y 1928. La gran rotonda del Casino constituye un indudable aciertoarquitectónico, así como el hoy remozado Teatro Municipal,acondicionado tanto para representaciones escénicas como musicales.
Por la Avenidade Isabel la Católica entramos en el Parque de María Luisa,uno de los más hermosos de España. Este Parque fue donadoen 1893 a la ciudad de Sevilla por la Duquesa de Montpensier, la infantaMaría Luisa Fernanda de Orleans. Este terreno ajardinado formabaen origen parte del Palacio de San Telmo. Su extensa y frondosa vegetaciónnos invita más que nunca al apacible paseo pudiendo reposar en susíntimas Glorietas.
Desde la misma entrada del Parque, ya despuntan en el cielo las dos esbeltas torresde la Plaza de España. Representa una auténtica delicia recorrer,a pie o en las barcas que surcan su estanque, el amplio semicírculode doscientos metros de diámetro que configura el trazado de estaPlaza. Su autor fue Aníbal González, el más afamadode los arquitectos sevillanos del siglo XX.
El ladrillo es el principal elemento constructivo, centrándose su exorno enel revestimiento cerámico. Los grandes paneles de azulejeríadedicados a las provincias españolas atraen la mirada de los curiosos.Un espectáculo que nadie debiera perderse es la iluminaciónnocturna de la Plaza de su fuente central, con incesantes juegos de agua Y cambios de colores.
Traspasada la segunda torre de la Plaza de España, giraremos hacia la derechapor la Avenida de los Cisnes así llamada porque al final de la mismahay un lago donde podremos echar de comer a los cisnes y patos que allíse encuentran. Por la Avenida de Hernán Cortés, en la queasombran sus empinados álamos, accedemos a la glorieta de los HermanosAlvarez Quintero, verdaderos creadores del teatro costumbrista andaluz.A su derecha se extiende el jardín de los Leones, con sus pérgolasy leoninos surtidores de piedra. Aún hemos de reservar algunas fuerzaspara ascender a la cumbre del Monte Gurugú, verdadero punto emblemáticodel Parque de María Luisa.
Y así hemos llegado a la Plaza de América, otro conjunto simbólico de la Sevilla americanista que fue sede de la Exposición Iberoamericanade 1929. Las palomas de esta Plaza constituyen un polo de atracciónpara los más pequeños, quienes las alimentan con los clásicosarvejones. Aquí se dan cita tres edificios muy representativos delregionalismo sevillano, debidos también al ingenio de AníbalGonzález. En primer lugar, el Pabellón Real, de estilo ReyesCatólicos, sede de servicios municipales.
En el Pabellón de Bellas Artes se aloja desde 1942 el Museo Arqueológico Provincial. En sus salas se exponen importantes testimonios arqueológicos, desde la Prehistoria hasta la época medieval. Entre las piezas de mayor interés destacan el Tesoro del Carambolo, máximo exponente de la cultura tartésica, y la escultura de Hermes procedente de Itálica, una de las mejores estatuas clásicas descubiertas en España.
Por último,el Pabellón Mudéjar alberga el Museo de Artes y CostumbresPopulares, de reciente creación. Las colecciones son de carácteretnográfico, dominando las llamadas Artes Suntuarias. Aquíse exhiben, por ejemplo, los carteles anunciadores de las Fiestas Primaveralesde Sevilla, que han sido encargados a lo largo del tiempo a los máscélebres pintores del momento. Muestras de orfebrería, cerámica,bordado, mobiliario, instrumentos musicales, oficios tradicionales, etc.,completan la visión de este Musco, que no es tan conocido como debiera.
La recta final de nuestro paseo transcurrirá por las Avenidas de Pizarroy Bécquer. El hermoso monumento dedicado al autor de las “Rimasy Leyendas” fue labrado por Lorenzo Coullaut Valera en 1911. Quizás,en uno de los bancos que rodean esta glorieta, podamos encontrar a alguienque se esté recreando con la lectura de los inefables versos de este genial poeta.
Sin duda, uno de los paseos más atractivos que ofrece la ciudad es el que transcurre por el castizo barrio de Triana y sus aledaños. Nuestro itinerario partirá de la Plaza Nueva, en cuyo centro se alza el monumento ecuestre a San Fernando, fundido en bronce por Joaquín Bilbao en 1924. Esta Plaza ocupa el solar del que fue uno de los Conventos más pujantes de Sevilla, el de San Francisco, demolido en el siglo XIX. En uno de los flancos menores de la Plaza Nueva se abre la neoclásica fachada del Ayuntamiento, según proyecto del arquitecto Balbino Marrón.
Iniciado nuestro recorrido por la calle Méndez Núñez, nos desviaremos momentáneamente por Carlos Cañal para visitar la Iglesia de San Buenaventura. Este templo del siglo XVII está adornado con yeserías que fueron diseñadas por el pintor Francisco de Herrera “el Viejo”. Su retablo mayor dieciochesco está presidido por la legendaria imagen de la Inmaculada, conocida con el sobrenombre de “la Sevillana”. Frente a la puerta de la iglesia se encuentra el Horno de San Buenaventura, cuyos productos de panadería y confitería gozan de merecido prestigio.
La calle Méndez Núñez nos conducirá a la comercial Plaza de la Magdalena, lugar donde se levantó hasta el siglo XIX el templo del mismo título. Fue entonces cuando la Parroquia de la Magdalena se trasladó al vecino ex-convento dominico de San Pablo, de centenaria historia. Una lápida de su fachada nos recuerda que Fray Bartolomé de las Casas fue aquí consagrado Obispo de Chiapas en 1544. Su interior es de los más suntuosos de Sevilla. Los restos arquitectónicos más antiguos, de época medieval, se localizan en el ábside y en la capilla del Dulce Nombre de Jesús, conservándose sus bóvedas de lacerías sobre trompas. El resto del templo responde a la reconstrucción emprendida por Leonardo de Figueroa entre 1691 y 1709, en el más genuino estilo Barroco.
El patrimonio artístico que se atesora en su interior impresiona por su riqueza y cualificación estética. De entre los retablos, citaremos el que preside la Capilla Mayor, fechable en los años iniciales del siglo XVIII. Desde el punto de vista escultórico, merecen destacarse importantes piezas como la Virgen del Amparo -obra del círculo de Roque de Balduque, imaginero flamenco que trabaja en el segundo tercio del siglo XVI-, la Virgen de las Fiebres -atribuida a Juan Bautista Vázquez “el Viejo” hacia 1565-, el Cristo del Calvario -obra de Francisco de Ocampo en 1611- o el Cristo del Descendimiento -cercano a la producción de Pedro Roldán hacia 1660-. No le queda a la zaga la colección pictórica, en la que pueden hallarse desde obras maestras de Zurbarán -Santo Domingo en Soriano y la Muerte del boato Reginaldo de Orleans, en la Capilla Sacramental-, hasta diez muestras del genio de Valdés Leal, guardadas en la Capilla de la Quinta Angustia.
Junto a la Parroquia de la Magdalena se encuentra la Capilla de Montserrat, donde reside la Hermandad penitencial del mismo nombre, que procesiona en la tarde del Viernes Santo. La efigie del Crucificado de La Conversión del Buen Ladrón es una de las tallas más celebradas de Juan de Mesa, quien lo esculpió en 1619. La bellísima Dolorosa de Montserrat es una imagen de candelero para vestir, obra conjunta de Juan Martínez Montañés, Guerrero y Mesa en 1608.
Tras atravesar la anchurosa calle Reyes Católicos, cruzaremos el río Guadalquivir por el popularísimo Puente de Triana o de Isabel II, una de las escasas muestras de la arquitectura del hierro que poseemos en la ciudad, junto al cercano edificio del Barranco, en la orilla sevillana. Fue construido en 1845 sobre el mismo emplazamiento del anterior puente de barcas. La Capillita del Carmen, conocida vulgarmente como “El Mechero” por su peculiar morfología, es uno de los símbolos del barrio de Triana. Su realización, en ladrillo en limpio, se debió al arquitecto Aníbal González en 1924-28, respondiendo a un delicado diseño historicista.
La Plaza del Altozano es uno de los centros neurálgicos de Triana. Allí se alza el monumento a uno de los toreros que mayor renombre ha alcanzado en la historia de la tauromaquia: Juan Belmonte.
A la derecha del Altozano podremos adentrarnos por las calles Callao, Antillano o Alfarería, repletas de talleres cerámicos donde pervive la mejor tradición artesana de Triana. Merece la pena recorrer la calle Castilla, para sentirnos sobrecogidos ante dos de las imágenes más queridas por los trianeros: el Nazareno de la O -Pedro Roldán (1685)-, que se venera en la Parroquia de Nuestra Señora de la 0, y el inefable Cachorro -Francisco Antonio Gijón (1682)-, que recibe culto en la Capilla del Patrocinio, cerca de la Isla de la Cartuja, que fue sede de la Exposición Universal de 1992.
La calle San Jacinto es otra vía de singular personalidad, plena de vitalidad y sabor trianero. Junto a sus bares, en los que podremos degustar gambas frescas y manzanilla de Sanlúcar, destacan dos enclaves religiosos: la Capilla de la Estrella, donde brilla con luz propia la hermosa Dolorosa que se atribuye a Martínez Montañés y la Parroquia de San Jacinto, cuya planta y alzado se deben al arquitecto dieciochesco Matías de Figueroa. En la cercana calle de Pagés del Corro destaca el Convento de las Mínimas, erigido entre 1755 y 1760.
Desde el Altozano, entraremos en la calle Pureza, verdadera arteria espiritual del barrio, en la que a fines del siglo XV estaba establecido el floreciente gremio de los jolleros. En su Capilla de los Marineros recibe culto la Esperanza de Triana, ante cuya imagen se postran diariamente cientos de trianeros. Se trata de una efigie de marcado sabor decimonónico, aunque ha sido muy remodelada en nuestro siglo. El Cristo de las Tres Caídas, en un altar lateral, es un Nazareno de dulces facciones, atribuyéndose su factura a Marcos Cabrera hacia 1595.
La Real Parroquia de Santa Ana fue la primera iglesia construida de nueva planta, tras la reconquista de Sevilla por Fernando III el Santo en 1248. En realidad, se trata de una fundación de su hijo, Alfonso X el Sabio, quien la consagró a la Abuela de Cristo por haberle sanado de una enfermedad de los ojos. Su fábrica del siglo XIII ha sufrido diversas alteraciones, siendo quizá la más importante la verificada tras el terremoto de Lisboa de 1755.
Su Capilla Mayor está presidida por un magnífico retablo renacentista, donde se alternan las pinturas de Pedro de Campana con las imágenes de bulto redondo y relieves del flamenco Roque de Balduque. La hornacina central cobija el grupo escultórico de Santa Ana, la Virgen y el Niño, de época gótica, aunque restauradas durante el primer Barroco. Otras interesantes efigies son las del Cristo del Socorro, atribuido a Andrés de Ocampo hacia 1620, el San Joaquín, de Blas Muñoz de Moncada, en 1664, o Madre de Dios del Rosario, del círculo de Juan de Astorga, hacia 1815.
Singular importancia presenta el conjunto de pinturas que alberga esta iglesia, entre las que sobresale la Virgen de la Rosa, ejecutada por Alejo Fernández en el primer tercio del siglo XVI, y que se ubica en el trascoro. También merece la pena que nos detengamos ante la lauda sepulcral de azulejería de D. Iñigo López, realizada por el célebre ceramista italiano Niculoso Pisano en 1503. Por último, admiraremos la gran Custodia procesional de la Hermandad Sacramental de Santa Ana, labrada por Andrés Osorio en 1726.
Merece la pena que rodeemos la Parroquia de Santa Ana para contemplar su airosa torre desde la plazuela de Sacra Familia, tras lo que retornaremos a la calle Pureza. A esta altura se abre la portada de la Casa de las Columnas, verdadero prototipo de arquitectura civil academicista. Por Duarte, saldremos a la calle más emblemática de Triana: Betis, cuyo nombre romano lo tomó prestado del río al que sirve de espléndido mirador. Sus márgenes quedan tachonadas por numerosos bares y restaurantes de marineros nombres, de los que Río Grande es ejemplo acreditado.
Así, hemos venido a desembocar en la circular Plaza de Cuba, donde permanece el edificio del ex-Convento de los Remedios. Abandonaremos Triana por el Puente de San Telmo, desde donde se disfruta de una maravillosa panorámica de ambas orillas del río.
La Torre del Oro permanece como testigo mudo del devenir histórico de Sevilla, de Triana y del Guadalquivir. Su construcción se remonta al siglo XIII, formando parte del sistema defensivo almohade. Esta torre albarrana consta de un cuerpo principal que tiene planta dodecagonal, uno intermedio hexagonal, y el superior -un añadido del siglo XVIII– circular. En el interior de la Torre del Oro se aloja el Museo Naval, que alberga importante documentación gráfica y escrita sobre la historia náutica de la ciudad.
Desde aquí, podremos acercarnos a la Casa de la Moneda, cuya parcial rehabilitación ha permitido abrir una Sala de Exposiciones temporales. Tras salir por su portada dieciochesca, tomaremos la calle Santander. Aquí se levanta la Torre de la Plata, felizmente restaurada, en la que se observa una intervención cristiana sobre la primitiva obra islámica. En la calle Temprado se alza uno de los conjuntos monumentales más representativos de Sevilla, el Hospital de la Santa Caridad e Iglesia del Señor San Jorge.
Esta institución, cuyos orígenes se remontan al siglo XV, se encuentra íntimamente vinculada a la figura del que fue su Hermano Mayor, D. Miguel Manara y Vicentelo de Leca. Tras apartarse de los placeres mundanos, Miguel de Mañara entregaría su existencia en favor de los enfermos, abandonados y menesterosos. La fundación hospitalaria lleva el sello de su principal mentor, cuyas ideas sobre la vida y la muerte, y la redención del hombre mediante las obras de misericordia, quedaron plasmadas en el programa decorativo de la iglesia, edificada según planos de Sánchez Falconete a partir de 1645. En el citado exorno intervinieron los principales artistas de su tiempo: los pintores Juan de Valdés Leal y Bartolomé Esteban Murillo, el retablista Bernardo Simón de Pineda y el escultor Pedro Roldán, quienes dejaron aquí parte de su mejor producción. Las famosas Postrimerías de Valdés Leal constituyen todo un símbolo de este Hospital en particular, y en general de la mentalidad sevillana del siglo XVII.
Volveremos por la calle Dos de Mayo al Pasto de Colón, donde tendremos ocasión de contemplar una de las construcciones más grandiosas de las acometidas en Sevilla durante los últimos años: el Teatro de la Maestranza, uno de los mayores y mejores espacios escénicos del mundo. Este recinto plurifuncional ha sido diseñado por Aurelio del Pozo y Luis Marín de Terán. Frente al mismo, uno de los kioskos de bebida más animados de la ciudad nos invita a disfrutar plácidamente del entorno sin que, tal como reza su cartel, nos veamos obligados a consumir.
Desde el Paseo de Colón tendremos la oportunidad de asomarnos al barrio del Arenal, adentrándonos por la calle Varflora. Allí está enclavada la pequeña Capilla de la Carretería, donde reside la Hermandad del mismo nombre.
Nuestro paseo terminará en el coso taurino de la Real Maestranza, la Plaza de Toros más renombrada del mundo. La belleza de sus proporciones y lo acertado de su morfología es propio del espíritu ilustrado que la vio nacer. En 1758 Vicente de San Martín iniciaba la labor de cantería finalizándola diez años después; otras mejoras experimentó a finales del pasado siglo y comienzos del presente. La Capilla de la Virgen del Rosario, de traza neobarroca, se inauguró en 1956. En el recientemente abierto Museo Taurino se concentra lo más granado de la tradición taurina hispalense, exponiéndose el interesante patrimonio artístico de la Real Maestranza de Caballería.
Nuestro primer paseo hacia el centro comercial partirá desde el Puente de la Barqueta, proyectado por Juan José Arenas y Marcos Pantaleón. Este puente conecta el sector Norte del antiguo recinto de la Exposición Universal con el casco histórico de Sevilla, a la altura del Monasterio de San Clemente.
Este convento de monjas cistercienses fue restaurado por los arquitectos Fernando Villanueva y Rufina Fernández siendo durante la pasada Exposición Universal de 1992 una de las sedes integrantes del Pabellón de Sevilla. La tradición afirma que es el monasterio más antiguo de la ciudad, y así lo acredita la documentación existente en su Archivo remontándose su fundación a la segunda mitad del siglo XIII. Sucesivas reformas han desvirtuado su primitivo aspecto medieval.
La iglesia es de una sola nave, y se cubre con un espléndido artesonado mudéjar del siglo XVI. Preside la Capilla Mayor un retablo que se considera una de las obras cumbres de Felipe de Ribas, quien lo ejecutó entre 1639 y 1647. Otros altares laterales están consagrados a San Juan Bautista -soberbia efigie del titular tallada por Gaspar Núñez Delgado- Santa Gertrudis, San Fernando y la Virgen de los Reyes -imagen tardogótica, réplica de la Patrona de Sevilla-. Sobre la roja del coro se expone una buena pintura mural realizada por Valdés Leal hacia 1683 representando la entrada triunfal de San Fernando en Sevilla. Por último citar que en el lado izquierdo del presbiterio se halla la sepultura de la Reina D.ª María de Portugal, esposa de Alfonso XI y madre de Pedro I.
Por las calles Blanquillo y Calatrava nos encaminamos hacia la Alameda de Hércules, el más importante paseo de la Sevilla renacentista y barroca. Fue creación del Conde de Barajas en el año 1574, quien pobló estos antiguos terrenos pantanosos con frondosos árboles y bellas fuentes. En uno de sus extremos colocó dos columnas procedentes del templo romano de la calle Mármoles, que se coronaron con las esculturas de Julio César y Hércules. Las otras dos columnas rematadas por leones con escudos, fueron puestas en la segunda mitad del siglo XVIII. En nuestros días, la Alameda es tan sólo una sombra de lo que llegó a ser. Aun así, el mercadillo que aquí se instala todos los domingos concentra a multitud de curiosos en busca de algún objeto que en ningún otro sitio podrían encontrar.
A partir de aquí, podremos tomar dos recorridos paralelos, que tienen como destinos respectivos dos calles comerciales por excelencia: Tetuán y Sierpes.
En el primero de los citados recorridos, será la calle Trajano la que nos conduzca desde la Alameda a la Plaza del Duque, centro de grandes almacenes como El Corte Inglés y Marks & Spencer, que le otorgan una intensa vida. Toda clase de establecimientos comerciales podremos encontrar en las calles Velázquez y Tetuán. Por una transversal de esta última, llamada Rioja, llegaremos a uno de los Corte Inglés (antes Galerías Preciados), no sin detenernos antes en la Iglesia del Santo Angel. En su interior podremos admirar, entre otras valiosas obras, el Crucificado del Desamparo, que se atribuye a Juan Martínez Montañés (siglo XVII).
La segunda opción consiste en desplazarse desde la Alameda por las calles Amor de Dios y Morgado hasta la Parroquia de San Martín, edificio gótico del siglo XV, sito en la Plaza del mismo nombre. La calle Cervantes enlaza aquel templo con el de San Andrés, de fábrica mudéjar muy restaurada en el siglo XVIII. Ante la citada parroquia se extiende la Plaza Fernando de Herrera, en recuerdo de tan ilustre humanista y pacta del Renacimiento. Por la calle Orfila, donde se encuentra la pequeña Capilla de San Andrés, desembocaremos en Martín Villa. Aquí giraremos a nuestra derecha para encontrarnos en La Campana, justo donde se halla el popular kiosco de prensa de Curro.
Ante nosotros comienza la más famosa calle de Sevilla, Sierpes donde se dice que uno pasea más para ser visto que para ver. Esta vía nos ofrece múltiples posibilidades: desde el entretenido paseo viendo los más diversos escaparates, hasta tomar un sabroso dulce en cualquiera de sus afamadas confiterías: desde la improvisada tertulia con el amigo recién encontrado en una betunería hasta la visita a ese joyel del arte Barroco que es la Capillita de San José.
TRAZADO:
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RECORRIDO:
Nuestro paseo hacia el barrio de Santa Cruz por el corazón monumental de Sevilla tendrá como punto de partida el Ayuntamiento. La fachada que da a la Plaza Nueva es de estilo neoclásico, y corresponde al proyecto del arquitecto Balbino Marrón, en el siglo XIX la citada Plaza ocupa el solar del derruido Convento Casa Grande de San Francisco. Este anchuroso espacio, de animada vida comercial, aparece centrado por el monumento ecuestre de San Fernando, obra del escultor Joaquín Bilbao.
De otro lado, la fachada plateresca de la Plaza de San Francisco constituye uno de los ejemplos más representativos de este estilo en el panorama nacional. El extraordinario despliegue decorativo se debe a la fantasía del arquitecto Diego de Riaño, quien estuvo al frente de las obras desde 1527 a 1534.
Por la Avenida de la Constitución, una de las principales arterias de la ciudad, nos encaminamos hacia la Catedral, no sin antes detenernos en la monumental Parroquia del Sagrario. Este templo marca la transición desde el Tardomanierismo al primer Barroco sevillano, lo cual se manifiesta en el clasicismo y austeridad de su exterior. Su retablo mayor es una auténtica joya ensamblada por Francisco Dionisio de Ribas de 1664 a 1669. Las esculturas y escena central del Descendimiento se deben a Pedro Roldán, el más afamado de los imagineros sevillanos de la segunda mitad del siglo XVII. Realmente colosales son las esculturas en piedra de los Evangelistas y Doctores de la Iglesia que se sitúan sobre las tribunas de la única nave del templo. Fueron labradas por el escultor flamenco José de Arce en 1657.
Adyacente al Sagrario se halla la Santa Iglesia Catedral, erigida sobre la mezquita mayor almohade de Sevilla. Ante la majestuosa visión de su mole arquitectónica, comprendemos la afirmación del Cabildo de Canónigos, cuando declararon en 1401 que pretendían edificar una Catedral “… tan grande, que los que la vieren acabada nos tengan por locos”. El tiempo les dio la razón, pues este templo gótico es el mayor en dimensiones de España, y el tercero de la Cristiandad, después de San Pedro, de Roma, y San Pablo, de Londres.
El Patio de los Naranjos y la singularísima Giralda, símbolo por antonomasia de la ciudad, son los únicos restos que perviven de la mezquita musulmana. La Giralda, rosa de los vientos cristianizada, muestra sobre su esbelto cuerpo de ladrillo almohade el campanario levantado por Hernán Ruiz II en 1568. Durante todo el siglo XVI se acometieron obras en la Catedral, a cargo de prestigiosos maestros españoles que jalonan la evolución del estilo renacentista y manierista. La Sacristía de los Cálices, la Capilla Real, la Sacristía Mayor y la Sala Capitular, son recintos privilegiados por su entidad arquitectónica.
En cuanto a la colección escultórica que encierran sus muros, es tal su cantidad y calidad, que puede afirmarse que es una auténtica síntesis de la escuela sevillana de imaginería. No podemos dejar de mencionar la talla gótica de la Patrona de Sevilla, la Virgen de los Reyes, ni el espléndido Retablo Mayor, que representa el mayor alarde constructivo de la cristiandad en este género, y cuya realización se dilató durante más de ochenta años (1480-1560). Obras de Montañés, como el apolíneo Cristo de los Cálices, o la Inmaculada conocida con el sobrenombre de “La Cieguecita”, junto a otras destacadas efigies de Juan de Mesa, Alonso Cano, etc., constituyen auténticas piezas príncipes de la escultura hispalense.
Igual cabe señalar de los innumerables lienzos que se guardan en su interior, convirtiéndose la Catedral en la segunda pinacoteca de la ciudad, tras el Museo de Bellas Artes. Cuadros de Murillo, Zurbarán, Goya y de tantos otros prestigiosos pintores españoles y foráneos, hacen las delicias de los amantes de la pintura. En este contexto, no conviene olvidar el fresco de Nuestra Señora de la Antigua, de tanta vinculación americanista, que denota la influencia sienesa del Trecento.
No le quedan a la zaga las artes suntuarias, especialmente la orfebrería. Dos obras de primerísima categoría son la Custodia procesional, repujada entre 1580 y 1587 por Juan de Arfe, y la urna del Rey San Fernando, concluida por Juan Laureano de Pina en 1719.
Frente a la Catedral, por la calla Almirantazgo, podremos dirigirnos al popular Arco del Postigo del Aceite, cuya actual morfología responde a la remodelación que le hiciera en 1573 el arquitecto italiano Benvenuto Tortello. A su lado, la blanca y diminuta capillita de la Pura y Limpia es signo de la sencilla devoción de los sevillanos hacia la Inmaculada.
El Postigo es una de las entradas naturales al barrio del Arenal, de marcado sabor taurino y pródigo en bodegas de solera, que nos saldrán al paso camino de la capilla del Baratillo. De vuelta al Postigo, tenemos la oportunidad de visitar la Lonja Municipal de Artesanía y la Plaza del Cabildo, en la que todos los domingos se celebra un animado mercado de sellos, y además existe un establecimiento especializado en la venta de dulces conventuales.
Junto al templo Metropolitano se alza el Archivo de Indias, antigua Casa Lonja de mercaderes, comenzada a construir en 1584. Es uno de los ejemplos más representativos del estilo manierista en Sevilla, de clara influencia herreriana. En tiempos de Carlos III, este edificio se adaptó para Archivo de Indias, el más importante archivo americanista del mundo, donde se guarda toda la documentación referida al gobierno y administración del Nuevo Mundo durante el período de colonización española.
Sigamos nuestro recorrido por la Avenida de la Constitución, hasta llegar a la misma Puerta de Jerez.
La Capilla de Santa María de Jesús es el único resto que aquí subsiste de la primitiva Universidad fundada por Maese Rodrigo Fernández de Santaella en 1506. Precisamente, en la tabla central de su retablo mayor, pintada por Alejo Fernández hacia 1520, aparece representada la Virgen de la Antigua recibiendo de manos de Maese Rodrigo la maqueta del Colegio de Santa María de Jesús.
La calle San Gregorio nos conducirá directamente a la Plaza de la Contratación. Aquí se ubican las sedes de la Cámara de Comercio y de la Consejería de Obras Públicas y Urbanismo de la Junta de Andalucía, esta última con un interesante patio de crucero de época almohade.
En la calle Santo Tomás está situado el Museo de Arte contemporáneo fundado en 1970. Ocupa el edificio dieciochesco que en otro tiempo fue Cilla del Cabildo Catedral. Sus fondos son enormemente variados, abarcando las tendencias estéticas más relevantes de nuestro siglo, tanto en escultura como en pintura. Artistas de prestigio nacional como Chillida, Pablo Serrano, Romero de Torres, Bacarisas, Tapies, Viola, Zobel, etc., están representados junto a otros de la escuela local, tales como Joaquín Sáenz, Francisco Molina, Pérez Aguilera y otros muchos.
A continuación, nos adentramos en los Reales Alcázares por la Puerta del León, en la Plaza del Triunfo. Desde la Reconquista de Sevilla en 1248 por Fernando III el Santo, la historia del Alcázar está vinculada a la de los reyes castellanos. Será Pedro I, llamado por unos el ‘justiciero’ y por otros el “Cruel”, quien dé una impronta definitiva al antiguo Alcázar musulmán, transformándolo en un suntuoso palacio mudéjar. Durante el siglo XVI experimentará nuevas reformas, enriqueciéndose asimismo con arquitecturas y esculturas los magníficos jardines de sugestivos nombres del Grotesco, de la Danza, del Laberinto… Los patios de las Muñecas y de las Doncellas, así como el Salón de Embajadores, nos trasladan al mundo de las mil y una noches, pleno de encanto y fastuosidad ornamental.
Nos adentramos en la Plaza del Triunfo, presidida por la estatua a la Virgen de la Inmaculada. A un lado de esta plaza podemos admirar un magnífico tramo de la muralla que guarda el palacio.
Desde aquí parte la acodada calle Judería que nos introducirá de lleno en un barrio lleno de magia y leyenda: Santa Cruz. El callejón del Agua corre paralelo a los jardines del Alcázar; la casa número 2 nos ofrece uno de los patios más representativos de las mansiones señoriales sevillanas. Rodeado de columnas y repleto de polícromas macetas, despertó la imaginación de Washington Irving, cuya memoria se recuerda en una lápida de su fachada.
El callejón del Agua desemboca en la Plaza de Alfaro, con salida hacia los Jardines de Murillo; junto a ella se encuentra la Plaza que da nombre al barrio, la de Santa Cruz, en cuyo centro se levanta una esbelta cruz de hierro, llamada de la Cerrajería.
Allí se encuentran el tablao “Los Gallos” y el restaurante “La Albahaca”, antigua casa del arquitecto Talavera. A través de la calle Mezquita llegaremos a una nueva Plaza, la de los Refinadores, donde se halla la escultura de Don Juan Tenorio, uno de los más conseguidos mitos literarios que ha inspirado la ‘ciudad de la gracia”.
El estrecho callejón Mariscal nos llevará a una de las Plazas más recoletas de Sevilla, denominada de las Cruces por las tres que se alzan sobre sendas columnas clásicas de mármol.
Por la calle Cruces caminaremos hasta llegar a Ximénez de Enciso, en cuyo zócalo izquierdo se embuten grandes ruedas de molino. Al llegar a la altura de la calle Santa Teresa, penetraremos en ella para visitar el Convento de San José del Carmen, donde se guardan valiosos objetos personales de la Santa andariega de Avila, como el manuscrito de “Las Moradas” o su verdadero retrato pintado por Fray Juan de la Miseria. Justo enfrente del Convento se ubica la Casa de Murillo, ambientada según el gusto del siglo XVII, en que vivió el más célebre de los pintores sevillanos.
Retornemos sobre nuestros pasos para, al encontrarnos con el tradicional Bar Las Teresas, adentrarnos por las callejuelas Lope de Rueda y Reinoso, hasta salir a las mismas puertas del hospital de Venerables Sacerdotes. Fundado en 1675 por el canónigo D. Justino de Neve, en la actualidad es sede de la Fundación FOCUS. Cuenta con el que quizás sea el más bello de los patios sevillanos, disonado por el gran arquitecto barroco Leonardo de Figueroa, en el que descolla su fuente circular rehundida en el pavimento. Su iglesia se estrenó en 1698, consagrándose en honor de San Fernando. Destacan en su interior las pinturas murales del presbiterio y sacristía, ejecutadas por Valdés Leal, mientras que su hijo Lucas emprendió las que cubren la bóveda y muros de la nave.
La calle Gloria nos conducirá a la Plaza de Dona Elvira, de atmósfera inimitable y donde se ubican comercios dedicados a artesanía: bordados, cerámica, abanicos, etc.
Desde aquí, continuaremos hacia la Plaza de la Alianza, aledaña nuevamente a las murallas del Alcázar. Por la calle Romero Murube descenderemos a la Plaza del Triunfo, presidida por el monumento a la Inmaculada. La madrugada de cada 8 de diciembre, esta escultura mariana, labrada por Lorenzo Collaut Valera en 1917, recibe el cálido homenaje de las tunas sevillanas. En uno de los flancos de esta Plaza se encuentra la Diputación Provincial, antiguo Hospital del Rey, con hermoso patio columnario interior.
Siguiendo la fachada oriental de la Catedral, nos toparemos con la Plaza de la Virgen de los Reyes, presidida por una hermosa fuente con farolas.
Esta plaza está rodeada de construcciones de marcado cariz religioso. El Convento de la Encarnación, de monjas agustinas, formaba parte del extinguido Hospital de Santa Marta, una fundación del Arcediano de Ecija Fernán Martínez, en 1385. Su pequeña iglesia presenta caracteres arquitectónicos medievales, que le prestan singular interés. Al salir, nos acercamos a la cercana plazuela de Santa Marta, que posee la fascinación de lo pequeño, de lo íntimo.
En la citada Plaza Virgen de los Reyes aparece la gallarda silueta del Palacio Arzobispal, residencia del Prelado de Sevilla. Traspasando su movida portada tardobarroca, obra de Lorenzo Fernández de Figueroa y Diego Antonio Díaz en los primeros años del siglo XVIII, nos adentraremos en sus dos bellos patios manieristas. Al fondo del segundo se abren las dependencias del Archivo General del Arzobispado, que reúne documentación eclesiástica de toda la Archidiócesis hispalense. Uno de los elementos más singulares de este Palacio es su escalera de un solo tiro y tres tramos, diseñada por Fray Manuel Ramos en la segunda mitad del siglo XVII Su esbelta cúpula está adornada con pinturas murales, debidas al ingenio de Juan de Espinal.
La calle Mateos Gago, con sus tiendas de souvenirs y restaurantes, constituye un importante foco turístico. Desde ella puede disfrutarse de una de las mejores vistas de la Giralda.
Además, ofrece la posibilidad de visitar la Parroquia de Santa Cruz, cuya portada permaneció doscientos anos sin concluirse, hasta que en 1929 la levantó el arquitecto Juan Talavera.
El último tramo de nuestro paseo transcurrirá por las calles Placentines, Alemanes y Hernando Colón. Es éste un sector en el que se prodigan las tiendas de antigüedades y las filatelias, además de acreditados restaurantes, como Casa Robles o el Mesón Don Raimundo, que contrastan con otros muchos bares de ambiente nocturno. Antes de encaminarnos definitivamente hacia el que fue nuestro punto de partida no perdamos la oportunidad de admirar desde Hernando Colón la bella perspectiva de la catedralicia Puerta del Perdón, cuyas puertas son auténticos encajes de orfebrería almohade.
TRAZADO:
Plaza de San Francisco, Antigua Audiencia, Chicarreros, Chapineros, Francos, Argote de Molina, Segovias, Abades, Casa de los Pinelo, Abades, Bamberg, Argote de Molina, Iglesia de San Alberto Bamberg, Aire, Madre de Dios, Convento de Madre de Dios, San José, Santa María la BlancaIglesia de Santa Maria la Blanca, Santa María la Blanca, Céspedes, Virgen de la Alegría, Levíes, Plaza de las Mercedarias, Conde de Ibarra, Parroquia de San Nicolas, Muñoz y Pabón, Augusto Plasencia, Parroquia de San Isidoro, Cuesta del Rosario, Plaza de la Pescadería, Plaza del Salvador.
RECORRIDO:
En siglos pasados, la Plaza de San Francisco fue el centro cívico por excelencia de la ciudad. No en balde, allí se encontraban ubicados los principales poderes civiles, como el Concejo hispalense, sito en el Ayuntamiento, y el Tribunal de Justicia, en la Audiencia. En esta Plaza de San Francisco se celebraron los famosos autos de fe de la Santa Inquisición, las diversas fiestas de toros y cañas y, al igual que hoy, constituía uno de los puntos clave en la “Carrera Oficial” de las Cofradías de Semana Santa en su estación a la Catedral.
Frente a las Casas Consistoriales está situado el edificio de la Antigua Audiencia, en nuestros días sede de la Caja de Ahorros San Fernando. Su portada de corte clasicista, está atribuida por algunos autores a Alonso de Vandelvira entre 1597 y 1606. Tras el vestíbulo, se abre el amplio patio central de doble planta, en cuya galería baja lucen lienzos en los que se representa el Apostolado. Por las calles Chicarreros, Chapineros y Francos, hallaremos numerosos establecimientos comerciales dedicados a la confección, mercería, bisutería, etc., atractivo que suman a su propia belleza constructiva. Desde Francos enlazaremos con la calle Argote de Molina, rotulada así en memoria del ilustre pacta y genealogista sevillano fallecido en 1598.
La calle Segovias conecta Argote de Molina con Abades. Formando ángulo en esta última se encuentra la Casa de los Pinelos, donde tienen su sede las Reales Academias Sevillanas: Bellas Artes de Santa Isabel de Hungría, Buenas Letras y Medicina. Esta bella mansión sevillana de la primera mitad del siglo XVI, cuya fachada se dota con mirador, perteneció a la familia genovesa afincada en Sevilla de los Pinelo. La tradición nos cuenta que en esta casa nació San Juan de Ribera, Arzobispo de Valencia.
Seguiremos por la calle Abades para girar a la izquierda en Bamberg. Aquí se encuentra el renombrado Bar Estrella con un bello interior y nutrido repertorio de tapas. Desde Bamberg, debemos enlazar nuevamente con Argote de Molina. De este modo, desembocaremos ante el Oratorio de San Felipe Neri o Iglesia de San Alberto. Aunque la conclusión de este templo se fecha en 1603, fue muy reformado con posterioridad. En su retablo mayor neoclásico se venera un interesante Crucificado, que es una copia del de los Cálices de Montañés, realizada por Angel Iglesias en 1791. A sus pies se ostenta una hermosa Dolorosa del siglo XVIII.
Al salir de la iglesia, tendremos que retroceder sobre nuestros pasos, para tomar desde Bamberg la calle Aire. En la esquina de ésta con Mármoles se encuentran las tres célebres Columnas romanas, que al parecer pertenecieron a un templo del siglo II d.C. erigido en tiempos de Adriano o de su sucesor Antonino Pío.
Nuestro siguiente objetivo será el cercano Convento de Madre de Dios, al que accederemos tras recorrer las calles Aire, Madre de Dios y San José, en la cual se abre su portada principal. Este cenobio femenino tiene una clara vinculación americanista, al conservarse en los laterales del presbiterio los sepulcros y esculturas yacentes de D.ª Juana de Zúñiga, viuda de Hernán Cortés, y de su hija, D.ª Catalina Cortés. El retablo mayor, perteneciente al pleno Barroco, es una portentosa obra de Francisco de Barahona, realizada entre 1684 y 1690. La escultura de la Virgen del Rosario que lo preside se debe a Jerónimo Hernández estando fechada en 1573.
Tras abandonar este monasterio, tomaremos la calle San José hacia nuestra derecha. A poca distancia, pasaremos junto a la Iglesia del Señor San José, antiguo Convento de mercedarios descalzos. Una portada lateral protobarroca, hoy cegada, muestra en su ático una escultura del citado Patriarca.
La calle San José se prolonga en la de Santa María la Blanca. Aquí se levanta el Palacio de Altamira, antigua residencia de los Duques de Béjar y futura sede de la Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía. Los orígenes de este Palacio se remontan al siglo XIV, y su época dorada la vivió en tiempos de Teresa de Zúñiga a comienzos del XVI. Su crujía de fachada responde, sin embargo, a los postulados artísticos del primer tercio del siglo XVII, quedando articulada por pilastras pareadas.
A pocos pasos de aquí se encuentra una de las iglesias más bellas del período Barroco sevillano. Nos referimos a Santa María la Blanca, asentada sobre el solar de una primitiva sinagoga judía. La configuración actual del templo se vincula a la reconstrucción de que fue objeto en 1662. Su planta es de tres naves, divididas por columnas de mármol rojo. Sus bóvedas están recubiertas por abigarradas y turgentes yeserías, cuya ejecución se asigna a los hermanos Borla. Entre los muchos tesoros que se cobijan en su interior, despuntan las pinturas de la Sagrada Cena de Murillo y la Piedad de Luis de Vargas.
Desandando unos metros de nuestro recorrido, nos introduciremos por la calle Céspedes, en pleno corazón del barrio de San Bartolomé que, junto al de Santa Cruz, conformaban la antigua Judería sevillana. En los últimos años, San Bartolomé ha experimentado un complejo proceso de rehabilitación, habiéndose recuperado tan importante sector del centro histórico de Sevilla.
La calle Virgen de la Alegría nos conducirá a la Parroquia de San Batolomé, edificación neoclásica inaugurada en 1806, según el proyecto de José Echamorros. Tiene planta de cruz latina, con cúpula semiesférica sobre tambor octogonal. Del siglo XVI es la Virgen de la Alegría, auténtica patrona del barrio, que se relaciona con las obras del imaginero flamero Roque de Balduque, aunque fue muy restaurada en el siglo XVIII. Gran interés presenta la Capilla Sacramental, cerrada por reja del último tercio del siglo XVI.
No encontraremos en toda la Judería una calle con un nombre hebreo más representativo que la de Levíes. En ella se sitúa la Casa de Don Miguel Mañera, donde nació el más afamado de los Hermanos Mayores de la Santa Caridad. Para muchos, es el ejemplo más brillante de la típica casa de patio sevillana, de dos plantas en altura, con apeadero, patio y jardín.
En la vecina Plaza de las Mercedarias, dos conventos de monjas quedan afrontados el de las Mercedarias de San José y el de las Salesas Reales. El primero sufrió los embates de la Guerra Civil, perdiendo la inmensa mayoría de su patrimonio artístico. Por lo que respecta al segundo, se trata de una construcción contemporánea, debida al arquitecto Aurelio Gómez Millán.
Por la calle Conde de Ibarra llegaremos a la Parroquia de San Nicolás. Es una iglesia del siglo XVIII, consagrada en 1758, cuya planta se divide en cinco naves que se separan por columnas marmóreas. El frontal de plata del altar mayor es una estimable muestra de la orfebrería sevillana de estilo rococó fue labrado por Juan de Garay en 1790-1. De entre la colección escultórica del templo, podemos citar el Nazareno de la Salud, atribuido a Francisco de Ocampo en el primer tercio del siglo XVII, y la efigie de San José, tallada por Francisco Antonio Gijón en 1678.
Muy cerca de la parroquia, en la calle San José número 3, está la Casa de los Condes de Ybarra, palacio del siglo XVIII, que permanece en buen estado de conservación. Cuenta con tres plantas, lo cual le otorga una estimable altura. Otra noble mansión, cuya portada en ladrillo avitolado aparece fechada en 1725, hallaremos en el número 9 de la calle Muñoz y Pavón, por donde nos encaminamos.
A la Parroquia de San Isidoro llegaremos desde la calle Augusto Plasencia. Este templo data de la segunda mitad del siglo XIV, habiéndose restaurarlo recientemente. Muy significativa es su torre-fachada, cuyo elemento vertical fue levantado en 1749 por Jiménez Bonilla. Una de sus obras de arte más sobresalientes es el lienzo del altar mayor que representa el Tránsito de San Isidoro, debido a los pinceles de Juan de Róelas en 1613. Otras pinturas de Lucas Valdés se exponen en la Capilla del Sagrario, por cierto de las más representativas del Barroco sevillano. Igualmente notables son las esculturas del Cristo de la Sangre, de estilo gótico, y de la Virgen de la Salud, imagen del siglo XVI.
Descenderemos por la Cuesta del Rosario hasta la Plaza del Salvador, punto final de nuestro paseo no sin antes reparar en la intermedia Plaza de la Pescadería, donde mucho tiempo atrás se vendía el pescado de la ciudad. Hoy también es punto de concurrencia, por la buena cerveza que se tira en la popular taberna “La Mina”.








